Soy profe y he leído Memoria de pez de Anabel Caride. Nos avisa en la portada de que no olvidaremos esta historia. Yo voy antes, su historia me ha servido para recordar y poner en orden a ese Héctor (que fui) y en qué Héctor me he convertido. Por eso no pretendo aquí elaborar una reseña de una novela, quiero repasar junto a «La Caride» mis años dedicados a ser docente, ayudado por la lectura de la novela y evidenciando lo bien que me lo he pasado.
De pequeño jugaba a ser profesor. Sí, con todo lujo de detalles. Me hice algo parecido a una pizarra, elaboraba listas con nombres y apellidos inventados, imaginaba contar cosas a almas cándidas que tenían prisas por ser mayores, como yo las tenía. Cuando pasé a la adolescencia perdí mi propia pista, recordando aquella vocación temprana como algo que quizás sería o quizás no; demasiada confusión con eso de «estudia algo que tenga salida» o «haz una carrera y luego ya se verá». Si hubiese estudiado eso «con salidas» habría terminado cerrando alguna sucursal de banco. Lo que sí terminé fue la carrera, pero una de esas «sin salidas». Podría haber sido Historia o Arte, puede que Geografía, me costaba verme en alguna Filología y terminé en Filosofía. Conforme avanzaban esos estudios universitarios me veía más con una tiza en la mano.
Entré en un aula por primera vez en el año 2000 para hacer las prácticas de lo que se llamaba entonces el CAP (Curso de Adaptación Pedagógica), necesario e imprescindible para poder opositar. En la primavera del año 2002 me estrené con sueldo de profesor de Filosofía durante dos meses en las Escuelas Francesas de Sevilla. Hasta octubre de 2003 toqué poco las aulas, siempre en manos privadas y con alguna mala experiencia. Supongo que hice mi propia mili, entre trabajos heterogéneos y horas de estudio inmersas en aquellos 71 temas.
Es en ese otoño de 2003 cuando viví algo muy parecido a lo que se cuenta en la novela de Anabel Caride Memoria de pez. Para Héctor comenzó un 17 de octubre, mi fecha fue un 21 de octubre en el IES Cuenca Minera. En Río Tinto encontré mi Arguijo de la novela, los primeros kilómetros y las primeras sensaciones de que no iba a trabajar. A Héctor en la novela le queda mucho por delante, aunque Anabel Caride aprovecha para darle un repaso en los agradecimientos a todos sus centros, esos que le ayudaron a imaginar a Héctor. Porque el profesor está hecho de trenes, gasolineras, alquileres, asfalto y visitas a las delegaciones de las provincias de turno.
Después, más kilómetros, Estepa y su IES Aguilar y Cano, pocas semanas pero intensas. Allí me llevé mis primeros palos con los que empezar a construir el callo ese que dice que «le temo más a un mal compañero que a un mal alumno». Con la precariedad de cobrar el paro y con los nervios de actualizar la página de la Junta en la que salía el numerito de la lista de espera, me planté en la Delegación de Cádiz y me dieron a elegir, sin saber el tiempo de servicio que me quedaba, entre la Caleta de Cádiz y el IES Castillo de Luna de Rota. ¿Por qué Rota? Pues porque en Rota había una buena amiga y podía sentirme más arropado, que fue lo que ocurrió. Allí salí del nido con 28 años, oí hablar de las costumbres de Sabina, Almudena Grandes o Felipe Benítez Reyes. Tenía dinerillo para tomarme una cerveza a destiempo y descubrir con mi cartera la fritura de la costa. Y desde Rota salí en autobús hasta Sort (Lérida) para vivir mi primer viaje de fin de curso, como Héctor, cruzando España.
Mi segundo año empezó muy tarde y en el nocturno. Pero el destino me llevó al San Isidoro, donde estudié, como le ocurrió a Héctor, y donde en 2008 saqué la plaza con la que me aseguraría no tener que ir a trabajar el resto de mi vida. Días antes había sellado mi último paro, corría el mes de noviembre de 2004. Allí pisé las antiguas tarimas de madera por derecho propio y conviví en el departamento con mi profesora de Filosofía. Cobré por primera vez la Navidad y el 7 de enero al IES Torre de los Guzmanes de La Algaba. De allí me guardé para siempre varias amistades maravillosas, como tantas otras que vinieron después.
Todavía quedaba otro centro antes de acabar el curso, antes de la llegada del verano de 2005: el IES Catedrático Pulido Rubio, en Bonares. Más kilómetros de carretera y otro viaje de fin de curso. Me cuesta abreviar, la inercia es escribir mi novela, como la de «La Caride», pero debo detenerme en que para el siguiente curso volví al IES San Isidoro, esta vez en turno de mañana. Allí yo era Héctor plenamente en su Arguijo. El año en que me cambió todo en lo personal, todavía quedaba para el gran cambio profesional, caras conocidas que se acordaban muy bien de mí, porque no había pasado tanto tiempo. 2006/2007 al IES Torreblanca, dos viajes de fin de curso en el mismo lote. Y en el curso 2007/2008 llegó el exilio, IES Santa María del Águila (El Ejido). Del poniente almeriense miles de recuerdos y una plaza de profesor de Filosofía de la Junta de Andalucía. Lo conseguí con mi memoria de pez, a pesar de ella.
El padre de Héctor también era profesor. Mi padre lo fue también, pero de autoescuela. Igual llevaba yo mi propia impronta genética para tanta carencia. También he visto a compañeros jóvenes con un cuaderno de clase en papel, saltándose las teclas y las pantallas. Mi personaje usa camisas en ocasiones especiales, como yo. Me lo paso en clase tan bien con Héctor, juego a ser el tito por las mañanas y salgo para casa con la sonrisa puesta o un gesto torcido que dura pocos minutos. Compruebo a diario que los silencios de las clases están llenos de polisemias. Y, como Anabel, quiero agradecerle a la materia prima que ha ido alimentando el profesor que soy, que hace 23 años cobró su primer sueldo explicando Filosofía. También yo tenía 26 años, como Héctor.