Cada uno de los que andamos por ahí en el mundo, cada persona, cada individuo, actúa de forma única e irrepetible. Eso le da una característica peculiar que lo distingue en su conducta del resto. Nos hace singulares, hace a cada cual. Pero no queda aquí nuestra condición humana en tanto que acción. Hasta a un animal podemos considerarlo individuo, concepto discutible pero que puede, doméstico o no, distinguirlo del resto. Esto que nos hace ser persona supone una unión íntima entre lo biológico, lo psíquico y lo espiritual. Si discutimos estamos argumentando a su favor. Somos dueños de lo que somos, nos poseemos a nosotros mismos, nos apropiamos de una realidad personal que nos pertenece más que cualquier otra cosa.

La consecuencias tiene dos trayectorias. Interior, recogimiento y repliegue sobre sí mismo. Y exteriorización y apertura a los demás, a los otros yoes, lo que viene siendo la comunicación. Sin lo primero, la interiorización, se vive disperso. Sin el darse al mundo la persona se pierden posibilidades, nos entrillamos. Además, una vivencia personal no puede darse sin libertad. Esa conquista es, en principio, interior, para después desplegarse hacia fuera para realizarse. La consecuencias de esa libertad es el compromiso, el recurso eterno a la responsabilidad. Ya lo dijo el hombre araña, «un gran poder conlleva una gran responsabilidad». A cada instante, en cada etapa de nuestras vidas, nos enfrentamos a un problema que nos asalta y nos compromete. Ahí está el reto de superarnos.

Con todo esto llegamos al asunto del artículo: la exigencia moral o ética (que ya hablaremos de los matices de ambos términos en otro momento). El ser humano por ser persona se convierte en animal moral. Hay casos en que la naturaleza niega esta posibilidad, hablamos de salud mental (otro tema que no puedo abordar por ignorancia), pero lo habitual es estar en posesión de unas facultades mínimas como persona para realizarnos y relacionarnos con los demás bajo esas exigencias morales. El ser humano es constitutivamente moral y el valor ético lo constituye como lo que es. Y es así como nos realizamos. Maravilloso ¿no?

Lo que vengo a decir es que nuestra obligación natural es asumir la conducción de nuestra vida. Igual que el escarabajo pelotero viene con la condición de amontonar excrementos para tener alimento y refugio para sus crías, además de que les vale para protegerse y tener relaciones sexuales (sin todo esto tampoco nosotros seríamos nada), de la misma manera el ser humano tiene que conducir por sí mismo la vida. ¿Que se os ocurre renunciar? Pues tú que puedes, porque el escarabajo no es capaz. Eso es precisamente lo que nos hace animales morales, el poder elegir renunciar a nuestra propia naturaleza (si la hay). Nuestra moral es cómo conducimos la vida, en qué puedo apoyarme, qué caminos seguir, la capacidad de valorar posibilidades valorando su conveniencia o no. Y haciendo nos vamos haciendo. El escarabajo no es libre para saltarse su determinación de escarabajo porque moriría, nosotros sí.

Y por culpa de que seamos libres se nos puede exigir actuar de esta o aquella forma. Por ser libre podemos plantearnos hasta dónde lo somos. Es nuestra libertad la que nos capacita para exigir de otra persona a que actúe pensando lo que hace y teniendo en cuenta sus consecuencias. Y por esta condición es por la que no podemos actuar de un modo caprichoso, o sí. ¿Eres capaz de asumir este rol a sabiendas?

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