“Si hubiese podido elegir, habría preferido ser perro, y callejero”.
Podía haber sido por cualquier cosa, una farola, la luna o algunas hojas secas, pero fue un perro. Había salido a pasear antes del toque de queda buscando un último empujón en mi silencio. A veces necesitaba despertar mi conciencia con algún fallo en el sistema. Me tope con uno de esos canes que tienen los ojos más despiertos que los del dueño que lo pasea. Me miró con indiferencia y curiosidad, el estado intermedio que me ha pesado siempre. Quizás sea esa mi condición natural, la masa mundana que entierra mis breves impulsos y que subraya mis carencias con colores aburridos. También pudo ser cualquier otro animal, pero los perros son mejores, de muchos tipos y hay más disponibles para encontrar el adecuado, tienen esa propensión antropomórfica a la telepatía. El chucho traspasó aquella tarde mi anonimato y me señaló con el dedo de acusar.
Me sentí desarmado, a pesar de que el perro había desaparecido después de hacer su trabajo.
¿Y si yo era aquel perro?
¿Qué más podía yo pedir que no fuese ser como ellos?
Caminar ordenado pero aparentando ser la pelota que rueda por azar, olisquear cada rincón señalado adrede, replicar rutinas instintivas con las que satisfacer el hueco sobrante de los cuidados regalados por sus dueños de comida, cariños y hogar. Si se carecen de impedimentos importantes para alcanzar el objetivo, lo mejor es no saberlo.
Volví sobre mi pasos. Aquella noche dormí a pierna suelta.