Cuando duele el alma es que hemos perdido el control. Ya no hay excusas, razones, motivos o entendimiento en el caos. Un desorden que sobreviene y que oscurece cualquier intento de lógica. El mar, las lágrimas y el sudor me lo dijeron hace ya mucho tiempo. La sal puede disolverlo todo. Un mecanismo que funciona como forma de aliviar y descargar la energía que sobra y satura la máquina.

Nunca creí que hacer deporte formara parte de ese universo del llorar. Hasta ella me lo contó. La escuché pacientemente. Que me fuera a caminar rápido y que, si podía, trotara algún tiempo hasta pasar el límite del deseo de detenerme. Que es una forma de desahogo animal de las vísceras, de lo oculto, de lo más íntimo.

Esa intimidad que a veces se descubre y deja de ser tal justo al instante siguiente. Y por eso decidí sudar sin sentido. Con el aumento de las pulsaciones fui encontrando parte de lo guardado para no quedar en el vacío. Estaba allí en contra de mi voluntad estallando como un llanto incontrolado.

Ocurrió las primeras veces. Después era yo el que dominaba el momento de derramar la rabia y la desazón. Adiviné que, detrás de esta banalidad, un culto al cuerpo que se ha puesto de moda, hay algo más primigenio y espiritual: el alma y sus necesidades de expulsar el salitre.

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