Cuando somos niños todo ocurre por primera vez. Después la magia puede llegar a desaparecer hasta creernos que nada tiene sentido. ¿Qué derecho tenemos a perder esa ingenuidad?
Claro que no es fácil impostar la candidez cuando el mundo empieza a estar controlado a nuestro gusto. El miedo del niño es una obligación, una imposición necesaria para poder hacer. Pero para nosotros no, porque los adultos podemos asustar al miedo o esconderlo. El asombro deja de ser una oportunidad para convertirse en un problema. Así huimos aterrorizados de todo lo que pueda ser nuevo y nos haga perder lo alcanzado.
Para el niño nada esta usado. No hay ni costumbre. Por eso se moldea tan fácilmente. Las verdades aparecen y desaparecen, son realidades volátiles que se sostienen absolutas hasta que se olvida o se sustituyen. Después, todo pasa por el filtro de la duda, de la comparación y de la vergüenza al qué dirán.
Mientras, nuestro orden adulto está cargado de moralidad, de principios y de emociones contenidas. ¿Qué necesidad tenemos de dejar de ser niños? ¿Por qué no seguir creando y jugando? El juego es una forma de vivir muy seria con un fondo metafísico mucho más profundo que la mayoría de las cosas que creemos importantes. Si perdemos nuestra candidez dejamos de decidir la verdad que nos pertenece y la que no.
¿Serás capaz de reinventarte?