Dícese de aquello que se consume con el uso. Como la vida misma, aunque haya quien renuncia a usarla o la use poco. Aunque puede que la vida no sea fungible. Tendríamos que meter la obsolescencia programada como animal de compañía. El tiempo, la humedad, los cambios de temperatura, la erosión, golpes, plagas, oxidación… La vida se consume aunque no quieras. Todo fluye, al fin y al cabo.

En el tiempo está todo. Es la unidad de medida existencial en el que ocurren las vivencias. Se usa en el modo relativo, como lo que nos conviene o no. Claro que hay veces que no controlamos ese uso y nos usa a nosotros, aunque no tenga conciencia. Nos dejamos hacer, aunque no nos convenga. Qué estupidez, ¿no?

Lo fungible lo es por el uso, pero a veces hay que cambiar un consumible a causa del tiempo que lleva disponible, se haya usado o no. Yo estaría más atento a estas cosas. Confiar en lo eterno nos puede dejar con las manos llenas de cosas inútiles, esperando a un no se qué. Pasa con el dinero, el bien más preciado y el peor utilizado. Mejor gastarlo en un café o una cerveza con alguien especial, que dejarlo a la espera de su absurda eternidad.

Una cosa y la otra, esa en la que están pensando y en la que no. Todo es, en definitiva, pura posibilidad, al tiempo que, en contradicción, viene acompañada de la negación de otras tantas posibilidades, que terminan casi siempre desechadas. Paradojas de la vida, como lo del café, que estáis pensando en que conviene encontrar el momento. ¿Hasta cuándo van a seguir esperando? Como para no preocuparse. Habrá que tomarse en serio esto del tiempo, lo efímero y lo fungible. Incluso si optamos por la «posibilidad» de dejar de tomarlo en serio. Que es una opción.

Al menos que sirva esto para sabernos con fecha de caducidad.

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